El perfil del asistente es exigente por definición. Un partner de BCG ha vivido cenas en castillos, conciertos privados en bodegas y experiencias inmersivas firmadas por las mejores agencias del mundo, casi siempre como cliente al otro lado de la propuesta. Repetir el formato cena-de-gala-con-discurso era el camino más rápido a un silencio educado y una valoración tibia.
A eso se sumaba la escala. Veinticinco asistentes son demasiados para un reservado de restaurante con alma pero pocos para llenar un salón de hotel sin que la sala se vea fría. El grupo necesitaba un espacio que se sintiera ocupado y a la vez exclusivo. Por encima de todo, la marca personal de cada consultor estaba en juego: el encuentro tenía que mover algo emocional sin caer en lo cursi, abrir conversación sin parecer un team building, y cerrarse a una hora razonable porque al día siguiente había sesión a primera hora.









