El reto técnico parecía menor. El reto cultural no lo era. Una compañía de mobile gaming convive cada día con interfaces limpias, ilustración pulida y diseño de interacción milimétrico. Un cóctel genérico con luz blanca y mesas redondas no aterriza en ese público. Lo notan al entrar. Lo notan en la foto.
A la vez, el cliente pedía una velada con relato. No un montaje decorativo sin más, sino un universo reconocible al primer golpe de vista. Algo que cohesionara fotos, dress code, escenografía, música y carta. Que cada elemento sumara al mismo cuadro.
El formato estándar de cena corporativa con DJ resolvía el calendario, pero no resolvía el encargo. Faltaba dirección de arte. Faltaba un eje narrativo capaz de sostener tres horas largas sin que el invitado se desentendiera. Y faltaba una ejecución de detalle que aguantara la lupa de un equipo creativo que mira las costuras.











