El equipo de Isdin había hecho team buildings antes. Olimpiadas, escape rooms, dinámicas outdoor. Funcionan una tarde y se olvidan a la semana. La petición concreta era distinta. Querían una actividad que generara conversación real entre departamentos que se necesitan a diario sin coincidir nunca. Y que lo hiciera sin caer en la coreografía de tirolinas o pruebas físicas que excluyen a parte de la plantilla.
A eso se sumaba una restricción de tono. Isdin es una compañía con cultura científica. Cualquier propuesta debía respetar ese código: ningún sketch infantilizante, ninguna dinámica que pareciera concebida para un grupo distinto al que iba a participar. El formato tenía que sostener la conversación de un comité de dirección que también estaba presente.
El reto, formulado sin adornos, era construir una actividad que funcionara como acelerador relacional y al mismo tiempo respetara la madurez profesional de quien la vivía. Lo estándar no servía. La cocina apareció como hipótesis.











